Odio los momentos nostálgicos donde todo "vuelve a mí" como un ráfaga de viento, porque siempre me envuelven en esas ocasiones donde tengo el alma desnuda y la sensación es tan fuerte y - a veces- tan contradictoria que se va calando en mis huesos.
Es así como siempre narro la misma absurda historia sobre lo que llaman "sensibilidad". Mi karma. Es así como también chocan las teorías que afirman que es una virtud o las que sentencian que es, a la larga, un defecto.
Yo, repito, la odio. Pero debo admitir que sin ella probablemente sería otra más del montón. (O al menos esa es mi frase de consuelo favorita). La cuestión es que la sensibilidad es esa cosa dichosa e inoportuna que aparece cuando más fuerte e implacable ante la expresión de sentimientos se ha de ser. Es esa torpe cualidad que te guía a cometer errores como "el hablar de más" o "el hablar con la persona equivocada o en el momento equivocado".
Entonces, es cuando dejas que los pedacitos de tu interior (corazón y alma) sean vulnerables al escudriño y la maldad del resto del mundo (o de una misma, cuando nos da por ser masoquistas y saborearnos el guayabo).
Y ahora que me debato entre la rabia por la falta de fortaleza, los pedacitos de corazón que debo recoger, las heridas a las cuales debo ponerles curitas y los impelables noséques, yo me pregunto, ¿qué hago... para lidiar con este bojote de sentimientos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario